Un par de peldaños rotos y un poco de lluvia en los zapatos empujan los pasos hacia arriba
miércoles, 27 de julio de 2011
Un pequeño sueño
Ayer la noche se metió por la ventana
como gato de ojos brillantes
-dijo- , no todo lo que brilla en el cielo son estrellas
y no por mucho trasnochar, anoche más temprano;
llamó al insomnio bendita lucidez
, el sueño impide que sueñes,-gritó-
saliendo por mi ventana vuelta ave magratoria
estiré timidamente la mano para rozar su lomo
pero sólo conseguí apretar en el puño un poco de vacio
acomodé la almohada
y me dormí con el corazón abierto de par en par
apurando al amanecer con mis latidos
rogando que el gato durmiera otra vez sobre mi cama
y alumbrara mis sueños
con sus ojos brillantes
y que esta vez fuera yo
la que escapara por la ventana vuelta ave migratoria,
al menos por una noche
viernes, 8 de julio de 2011
Entre el cielo y la tierra
.
Se tiende en el cauce
de una lluvia
la paraguas,
acaricia
mi rostro
con sus miradas
de ébano.
Esta paraguas
acurruca su
humedad
sobre la
blanca
cumbre
robando
pensamientos.
De una ciudad
sin niebla,
la paraguas
besa
las calles,
entre el cielo y la tierra
sueña,
negra mariposa
durmiendo
en mi cabeza.
Una paraguas descansa
en ese sillón,
olvidada
en el tiempo,
acostada
en las sombras.
Emilia Páez Salinas
miércoles, 6 de julio de 2011
LLAVES
Yo guardo las llaves
pero las puertas
están abiertas
entran todos los vientos
todos los desechos
las maldiciones
como por su casa
yo cierro puertas
aseguro ventanas
ajusto candados
pero alguien los abre
cuando no estoy mirando
me quedo despierta
sueño que sueño
soñando
busco si alguien ha entrado
echo llave a todo lo abierto
solo yo tengo el llavero
pero cuando no me ven
se descorren cerrojos
saltan cerraduras
rechinan las bisagras
lanzan agua las cañerías
Este juego me ha cansado
mañana saldré
dejando las llaves puestas
y me iré caminando
sin saber adónde
y sin volverme a mirar
mi casa.
Patricia Franco
viernes, 27 de mayo de 2011
EL MIRADOR DE LA POESIA

Luego de escalar multitud de peldaños ciertamente criminales, llegamos al Mirador, sitio donde termina (o comienza) la calle República y que es un lugar de reunión especial, cubierto de iniciales y gráficas del yo estuve aquí. Los integrantes del Taller de la Esquina, acompañados por una pareja procedente del otro hemisferio en viaje placentero y un niño preguntero, nos juntamos para leer o recitar poesía, en medio del ruido de aviones que llegan o se van de Pudahuel (el viejo nombre, no ese actual ¡aún! no asimilado por todos) ambulancias que aúllan su paso a la posta local, conversaciones de transeúntes y por interjecciones indiscretas de los protagonistas, iluminados por el auto del profe, encaramados en el susodicho mirador en la fría noche de ayer.
El suceso fue grabado por el esforzado Osvaldo Castro, a cargo de la cámara y dirección de escena,
El resultado lo sabremos algún día y será insertado en este blog si sobrevive las críticas de los protagonistas.
( Laura no es precisamente una experta en fotografía, bueno, las fotos lo demuestren)
domingo, 8 de mayo de 2011
viernes, 6 de mayo de 2011
Taller 4 (en la búsqueda del yo)
Ver las diversas manifestaciones del sujeto imaginario es otro modo de recorrer la antología: ¿quién habla en el poema? El yo lírico, intimista, es una invención romántica que llegó a estas orillas en un barco –como llegan los extranjeros, las pestes y las mercancías- con Echeverría, al regresar de Europa en julio de 1830. Desde su libro Los consuelos hasta las Poesías de Almafuerte, sería posible seguir a un yo que atraviesa diversos contextos de afianzamiento y de tensión, y que coincide con la encrucijada en la que jugaban lo privado y lo público en la sociedad criolla. Revelaba un conflicto permanente en un medio donde las figuras del hermético individualismo melancólico se contradecían con la abierta sociabilidad pública afianzada en los conflictos sociopolíticos de la nueva nación. En Echeverría el surgimiento del yo lírico, que es un sujeto poético nuevo, guarda vínculos con la “fragilidad de la existencia”, un ademán de nostalgia y desfallecimiento vital al que la vida pública confinaba y negaba. En Mármol el yo debía desplazarse, transformarse en el “Peregrino”, porque se confirmaba en el ejercicio de la ausencia: la proscripción, el exilio, la errancia. La poesía de Andrade suplantaba el vacío del sujeto individualista por el Héroe, como identidad de lo nacional en una figura colectiva. En Carlos Guido y Spano la figura del yo lírico ya ha triunfado y los conflictos sociales se apaciguan, todavía inevitables, pero soslayados en la “dulzura del hogar”. Anuncia una nueva estética, donde la belleza se haya desprendida de las miserias del tiempo y adquiere la fijeza sublime de lo escultórico. Esa tendencia se acentúa en Rafael Obligado, pero orientada hacia el propio yo, que se estiliza y manifiesta en el espacio del progreso y el mundo social de los ochenta. El gaucho ha sido liquidado en la figura arquetípica de Santos Vega y asimismo el sujeto poético ya puede insinuarse autobiográfico: la intimidad de lo privado al fin tiene lugar y así se suscriben poemas como “La vuelta al hogar” o “El hogar paterno”, donde la biografía familiar se legitima. Cuando Pedro B. Palacios adopta su seudónimo el “Alma” ya es “fuerte” y posee una fuerza estentórea: el sujeto ahora poderoso impreca a la divinidad misma para humanizarla. Se asegura de que el otro del yo no se sienta vencido “ni aun vencido”. Aquel gaucho sanguíneo y errante del siglo XIX se estiliza en ese domador de caballos de platónica belleza de Marechal y finalmente desaparece en el poema de Calvetti que reza “No encuentro a nadie a quien contarle/ que en la rodada de esta tarde he muerto”. Pero años después retorna en las voces que entona Lamborghini.
Con la llegada de Darío a Buenos Aires en otro barco hacia 1893 vuelve a cambiar la efigie de ese yo que transforma la vida misma en una obra de arte. Un yo hipertrofiado, móvil, casi abusivo en su templada aparición. Leopoldo Lugones lo encarna como nadie desde principios del siglo XX hasta la década del treinta: el enamorado de la veste y de la gema, el que se multiplica en las interminables analogías metafóricas de la luna, el que se confunde con el paisaje como un teatro de su propio despliegue, el médium de la raza, el que canta la patria, se sostiene en los antepasados, se mimetiza con el cantor popular. Pero Lugones tuvo sus contrafiguras poéticas en la proyección de sujetos de otra índole. Macedonio Fernández, que negaba el yo y que la vanguardia de los años veinte adoptó como propio; Alfonsina Storni, que emplazaba de un modo profundamente principista y autoconsciente un nuevo sujeto femenino.
La muerte de dos suicidas ejemplares como Alfonsina y Lugones, ocurridas con diferencias de meses en 1938, ilumina ambas figuras y también las proyecciones del sujeto poético. Lugones, al que nombramos por su apellido, fue aficionado a las espadas, desde la hora del Golpe de Estado que ungió en el treinta, hasta sus prácticas de esgrima; escribió al unísono “el libro fiel” de su largo matrimonio. Todo eso y su imagen blasonada se quebraron ante el espejeo de fuego de un erotismo un poco espectral, que abrió su herida en el amor clandestino con la joven Emilia Cadelago, al que fue obligado a renunciar por su hijo policía para evitar el escándalo. Unos años después, adjurando del todo, huyó a escondidas a una isla del Tigre, bebió cianuro en una pieza de hotel y cedió a su propio exceso. Murió solo. Léase al respecto el poema “Lugones”, como irónico comentario de Juan José Hernández. La otra suicida, una familiar intimidad nos hizo llamarla siempre “Alfonsina”. En su época ser maestra y a la vez madre soltera era escandaloso, pero decidió irse a Buenos Aires para trabajar y criar su hijo sin presiones. A medida que crecía como poeta, dinamitaba los lugares petrificados de lo masculino y lo femenino. “¡Oh costurerita! –escribió- tu destino no es muy amplio, ya que el pozo en que te ahogas es una corbata”. La mujer de lánguido suspiro se transforma en un cuerpo deseante, con un decir inexorable y propio. Sus poemas, donde “van pasando mujeres”, son ganados por la modernidad, la vanguardia, la parodia hasta volverse objetos extraños y novedosos. No tenía tradición que conservar ni poder viril que sostener. El dolor insoportable de la enfermedad la quebró. Escribió un poema final de despedida, “Voy a dormir …”, para que todos lo leyeran al pie de la necrología, y una mañana se arrojó al mar abierto desde la escollera del Club Argentino de Mujeres. El cortejo fúnebre estuvo poblado por miles, que la adoraban.
VOY A DORMIR
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
LAS GRANDES MUJERES
En las grandes mujeres reposó el universo.
Las consumió el amor, como el fuego al estaño,
a unas; reinas, otras, sangraron su rebaño.
Beatriz y Lady Macbeth tienen genio diverso.
De algunas, en el mármol, queda el seno perverso.
Brillan las grandes madres de los grandes de antaño.
Y es la carne perfecta, dadivosa del daño.
Y son las exaltadas que entretejen el verso.
De los libros las tomo como de un escenario
fastuoso -¿Las envidias, corazón mercenario?
Son gloriosas y grandes, y eres nada, te arguyo.
-Ay, rastreando en sus alas, como en selvas las lobas,
a mirarlas de cerca me bajé a sus alcobas
y oí un bostezo enorme que se parece al tuyo.
Actividades
Textos en primera persona
Tema: el desengaño
Sentado en la raíz de un árbol
perder la ternura jamás
Ernesto Guevara
1
Yo, revolucionario, que limpia
la tierra de egoísmos,
lucho en Santa Clara y
Bolivia.
Tomo el fusil,
beso a la muerte
en combate.
Junto a un campesino
como el pan,
sentado en
la raíz de
un árbol.
2
Hombre nuevo que
camina más allá
del Congo y Cuba,
más allá de
mi sangre,
guerrillero, disparo
sueños de justicia,
vencer y combatir
hasta la muerte
por nuestros
ideales.
Leo junto a un
niño, recuerdo
Valparaíso,
acuno a Benjamín
muerto en Río Grande.
Levanto la
bandera
de la
libertad.
3
Un revolucionario jamás
debe saquear.
Construyo la mesa
del alimento con
estas limpias
manos,
tomo mate
junto al Inti,
miro esa
miserable
luna que
con su cara
de plata
nos entrega.
4
La húmeda selva
estrangula este
aliento, el río
San Lorenzo
huele mi
asma, se
ahoga
estrellando
aguas en
aquellas
rocas.
Evoco
el café
en la mañana
de Buenos Aires.
5
9 de octubre, triza un
pecho la metralla,
1967, sangre
muerta
empapa
el suelo.
La Higuera.
No escucho el
discurso de Fidel,
sus calles en
el olvido
sumerge
Córdoba.
La bofetada en
el rostro de
comandante muerto
no duele.
Los ojos,
estos ojos se llenan
de Celia,
mi hija
en Cuba,
revolución
palmeras
mar
hasta
la Victoria
siempre.
Emilia Páez Salinas.|
miércoles, 27 de abril de 2011
Premio Eduardo Anguita – Ilustre Municipalidad de Linares 2010
Instituto Cultural
Da a Conocer Ganadores del 6º Concurso Nacional de Poesía
Premio Eduardo Anguita – Ilustre Municipalidad de Linares 2010
El Instituto Cultural de la Municipalidad de Linares, informa que este día sábado 16 de abril, recién pasado, se reunió en la Casa de la Cultura, el Jurado del 6º Concurso Nacional de Poesía “Premio Eduardo Anguita – Ilustre Municipalidad de Linares 2010”, integrado por los poetas nacionales, señores Fernando Quilodran, Horacio Eloy Guajardo y Gregorio Angelcos, con el objetivo de elegir la Obra Ganadora del Premio de Poesía Eduardo Anguita, correspondiente al año 2010, junto a las tres Menciones Honrosas, que otorga, a través de este Certamen, la Ilustre Municipalidad de Linares.
Es importante destacar el importante patrocinio de la Sociedad de Escritores de Chile, sobre todo en la difusión del Concurso, tanto a nivel nacional como internacional.
De acuerdo a lo definido, el Jurado ha determinado lo siguiente: Ganador del Premio de Poesía Eduardo Anguita – Ilustre Municipalidad de Linares 2010, correspondió a la obra, “Ejercicios para Encender el Paso de los Días”, del seudónimo “José Prometeo” que corresponde al poeta Sergio Rodríguez Saavedra de la Comuna de Maipú, ciudad de Santiago, quien obtiene $ 1.500.000 en dinero efectivo – Medalla Oficial y Diploma de Honor. Por otra parte la 1era Mención Honrosa recayó en la obra: “Nicho Vacío” del seudónimo Víctor Salas que corresponde al poeta Rodrigo Alejandro Palominos de la ciudad de Santiago. Con la 2ª Mención Honrosa fue galardonada la obra: “Estética de la Lluvia” del seudónimo Nataniel Duarte que corresponde al Poeta Raúl Hernández Olivares de la ciudad de Santiago. Finalmente la 3ª Mención Honrosa le fue otorgada a la obra: “Conflagración de la Caricia” del seudónimo Ignacio O’Couto que corresponde al poeta Carlos Ignacio Soto Olhabe de la ciudad de Talca.
Las Menciones Honrosas se hacen acreedoras a, $ 100.000 en dinero efectivo – Medalla Oficial y Diploma de Honor
Cabe destacar que durante esta 6ª versión del Certamen Nacional, se presentaron sobre 219 obras, provenientes de todo Chile y también de países como, EE. UU. Australia y España. Situación que mantiene muy conforme a la Organización, ante la importancia, que cada año adquiere el Concurso, en el ámbito literario nacional y porque no decirlo también, en el concierto Internacional, a través de los poetas chilenos residentes en el extranjero. Destacando al mismo tiempo, uno de los objetivos principales del Certamen, que es rendir un homenaje a la figura y obra del poeta nacido en Linares, Eduardo Anguita, Premio Nacional de Literatura 1988.
Finalmente se señala que la Ceremonia de Premiación se llevara a cabo el día viernes 20 de mayo, a las 12:00 horas, en el Salón de Honor de la Ilustre Municipalidad de Linares, donde, como ya es tradicional, se hará entrega del Premio de Poesía Eduardo Anguita, en el marco del Programa de Celebraciones de un nuevo aniversario de la fundación de Linares, (217 años).
lunes, 25 de abril de 2011
Taller 3
La poesía argentina debe el retorno de los grandes relatos políticos a algunos poetas llamados por convención “sesentistas”. Su mayor eficacia tal vez no se deba a los textos compuestos bajo la razón ardiente de sus consignas poéticas –que Santoro cifró con ironía humorística unida a la denuncia inmediata- sino a aquellos poemas reelaborados posteriormente sobre las utopías derrotadas, los destierros forzados, la melancólica evocación de hechos consumados en el indemne trabajo del vacío. Se trata de poetas que asumieron la política como una razón vital, un ideal de transformación con proyección latinoamericana a partir de utopías revolucionarias que en los años sesenta hallaron en Cuba su modelo, cuando muchos de sus miembros comenzaron a asumir un compromiso militante e incluso algunos de ellos formaron parte de organizaciones armadas a comienzos de los setenta. Al margen de su errónea valoración de la “democracia formal” oponiéndola al socialismo o de la inclinación presuntamente revolucionaria de un líder como Perón, esa elección no les proporcionó beneficio alguno: fueron detenidos-desaparecidos o muertos en enfrentamientos, o sufrieron duramente el exilio durante la sangrienta dictadura iniciada en 1976. La poesía dio cuenta de esa tragedia. Desde los sesenta esos poetas se habían ejercitado en el registro desprejuiciado del mundo cercano, mediante el coloquialismo y la acumulación de toda clase de referencias, como lo hizo con maestría Urondo en su poema “No tengo lágrimas”. Un poeta como Miguel Ángel Bustos transfiguró ese mundo en cosmogonía con un libro inesperado: El Himalaya o la moral de los pájaros, de 1970. Texto único y hermético acerca de una peregrinación iniciática hacia el Himalaya, espacio cuya pureza absoluta supone un cielo negativo donde el verbo ha cesado como discurso para ser un “Relámpago sin instantes”, como la noche Idumea de Mallarmé o el ascenso y descenso del alma por la Belleza, de Marechal, a quien le está dedicado y que llamó a Bustos un “místico salvaje”. Así la poesía de los sesenta no mutó en un anacrónico documento de la época, sino en una reserva de sentido que intenta suturar el desgarramiento trágico de la derrota, sublima la circunstancia en recuerdo histórico o examina una experiencia traumática sin el recurso del cinismo, como en ciertos poemas de Salas, de Bignozzi, de Szpunberg, de Romano. Roberto Raschela, sin provenir de esa estética, ensaya en “La razón” una crítica oblicua de los supuestos de ese tiempo, pero abierta a una experiencia que la contiene como memoria y la supera como falsa fe.
La poesía de Juan Gelman fue política en un profundo compromiso con la lengua, que extremó hasta un grado casi absoluto de expresividad lírica; forzó la gramática y potenció el sentido; el exilio se tornó categoría existencial y tocó la mística judía; la tragedia personal, incluyendo un hijo desaparecido, fue reelaborada mediante una compleja reformulación de las categorías del tú y del yo en los profundos vacíos que enumera el dolor. Para hablar de sus inicios – y sin aludir a la posterior influencia de César Vallejo- no fue casual que el prólogo de su primer libro lo escribiese Raúl González Tuñón. En el largo aliento de su expansiva poesía, Tuñon registró como nadie el vaivén de la historia y la política con una especie de relato intensificado por la experiencia de un yo a la vez funambulesco y militante, pero atravesado por la nostalgia, el mundo que se halla fuera del intercambio de las mercancías, los objetos arrebatados al capital, como prismas gastados en los canales del sueño. Comprometido con la poesía social, cronista de la guerra civil española, militante comunista, también escribió el poema de amor acaso mas intenso: “Lluvia”, y en esto también Gelman recibió su herencia transformadora.
La poesía argentina debió lidiar durante la dictadura de 1976-1983 con la lengua culpable de la punición, el discurso que sostenía aquello que no se podía ver y de lo cual no se podía hablar: la desaparición forzosa de personas. Los poetas de esos años oscuros debieron escribir de un modo oblicuo y a la vez crítico con esa lengua comunitaria que la dictadura había pervertido hasta la pudrición. Mirada y lenguaje habían perdido su esencial capacidad designadora. No había mirada posible, no había relato alguno sin memoria, no había enunciado ni gramática que pudiesen dar cuenta de lo que ocurría. “ ¿Y para qué ojos / cuando es necesario inventar / aquello que deberíamos mirar? “Así es difícil hablar de la Historia sin narrar algún hecho”, escribió Mario Morales. Se había destruido el lazo social básico de la intersubjetividad: el mirarse “cara a cara”. Muchos compatriotas, “tabicados” en los centros clandestinos de detención, habían dejado de mirar a sus semejantes para siempre. En “Cadáveres” de Néstor Perlongher, acaso el gran poema de la época, que conjuraba con las derivas del deseo la perversión de esa lengua y situaba el conflicto en una encrucijada corporal, se leía: “Era ver contra toda evidencia/ era callar contra todo silencio/ era manifestarse contra todo acto/ contra toda lambida era chupar/ Hay cadáveres”. Y en “Muda desaparición”, Víctor Redondo escribió: “Hoy estamos de luto por cien muertos sin cadáver”. Y Lukin: “los muertos que no están en su lugar/ /tanto silencio descompone”. Bellesi, para expresar el modo amordazado de esa época luctuosa, escribe la metáfora de un mundo que canta su canción. Los últimos versos de esta antología, escritos por Laura Klein, testimonian ese agujero negro: “la punta del golpe de bala no está vacía/ treinta mil la vieron en sus gargantas hincada/ treinta mil la vida dejando a tajos galoparon/ / contra la boca del mundo a mano alzada se clavan”.
“El gran síntoma de la descomposición de un discurso, como lectura de la realidad, se produce cuando su mentira se vuelve legible”, dice un editorial de 1982 en la revista XUL, que dirigía Jorge Santiago Perednik, poco después de la guerra de Malvinas. La poesía también dio cuenta de ese hecho. En “Juan López y Juan Ward” Borges quiere resolver desde el estupor la discordia de los dos linajes que lo atravesaban. Fue ocasión de una crítica política y sarcástica del lenguaje para Susana Thenón: el “Poema con traducción simultánea español-español” habla de los mecanismos coercitivos, los servilismos y duplicidades de un discurso imperial respecto de un discurso subalterno. Con la distancia de 2010, Mario Sampaolesi, refiere una épica minusválida sobre los lugares comunes, los equívocos, las defecciones trágicas pero también el barro y la sangre en Malvinas.
CADAVERES (Néstor Perlongher)
Bajo las matas
En los pajonales
Sobre los puentes
En los canales
Hay Cadáveres
En la trilla de un tren que nunca se detiene
En la estela de un barco que naufraga
En una olilla, que se desvanece
En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones
Hay Cadáveres
En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay Cadáveres
En las mangas acaloradas de la mujer del pasaporte que se arroja
por la ventana del barquillo con un bebito a cuestas
En el barquillero que se obliga a hacer garrapiñada
En el garrapiñero que se empana
En la pana, en la paja, ahí
Hay Cadaveres
Sergio Rodriguez S.
sábado, 9 de abril de 2011
CLASE I
Una voz para el desierto argentino.
Jorge Monteleone
El presente de esta antología corresponde a la forma simbólica de la comunidad nacional que celebra: aspira a ser una memoria y una identidad respecto del Bicentenario de los días de Mayo. Así, la poesía de esta región latinoamericana surge también como un modo imaginario de proyectar, según la feliz expresión de Halperin Donghi, una nación para el desierto argentino. Se inicia con la “Marcha Patriotica” de Vicente López y Planes, un texto neoclásico, previo a la gran innovación romántica que se inició con el rusismo, y que la Asamblea del año XIII decidió declarar Himno Nacional. A ello le sigue el “cielito” atribuido a Bartolomé Hidalgo, que celebra la independencia y afirma no sólo que “la nueva Nación” se presenta al mundo, sino que, enlazando la forma poética con el espacio, la libertad se lanza hacia el cielo. En el capítulo II del Facundo, Sarmiento afirmaba que “el pueblo argentino es poeta por carácter, por naturaleza”. Su inherente romanticismo lo animaba a advertir que existía “un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales del país”: en la inmensidad y extensión del desierto se hallaba la ocasión de una mirada que, “al clavar los ojos en el horizonte”, no encontraba límites. Sarmiento se preguntaba “que hay más allá de lo que se ve”. Esa mirada es fundacional tanto de la poesía argentina, al descubrir un espacio perceptible, como de la nación, que debe construirse en esa inmensidad. Cita La cautiva de Echeverría, que por primera vez había descubierto poéticamente el desierto. Como el poeta señaló en su “Advertencia a La cautiva”, ese desierto “es nuestro más pingûe patrimonio”, otorgándole un doble valor: correspondía a la riqueza económica y a la creación de una literatura nacional.
Restaba, sin embargo, otra fundación: el descubrimiento de una voz. Un hecho extraordinario y acaso el acto más original para constituir una lengua poética propia: el Martín Fierro de José Hernández. Este poema –que consta de dos partes diferenciadas en años y rasgos, como lo señaló la crítica- no consiste en una mitificación del gaucho, como le atribuyeron aquellos que lo leían como nuestro gran poema épico. Ese mismo ya existía en el Lázaro de Gutiérrez, hacia 1869, poco antes de que apareciese El gaucho Martín Fierro en su modesta edición de 1872: el gaucho ya había sido idealizado, ya era una arquetipo. Y quizás las mitificaciones posteriores, que van de la leyenda de Santos Vega de Obligado hasta las restauraciones nacionalistas del Centenario, no hicieron más que profundizarlo. Dicha imagen también magnificaba el sujeto lírico romántico, en algún sentido prometeico y titánico y heroico, como un designio de su programa estético. La diferencia surge cuando Martín Fierro canta, es decir, cuando Hernández encuentra una voz. En la “Carta aclaratoria” a Zoilo Miguens, que precede la Ida, Hernández se propone representar a un tipo “que personificara el carácter de nuestros gauchos” y mimetizar su habla, imitar su estilo, “concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse que le es peculiar”. Un gaucho que canta, pero no escribe. Es decir, iletrado. Cuando Borges, para negar la “esencia argentina” del poema, afirmaba que el fin que se proponía Hernández era “limitadísmo: la relación del destino de Martín Fierro, en su propia boca”, no percibía que ese “límite” sería el horizonte abierto de una herencia aún incesante. La lengua poética se pone en movimiento cuando Fierro dice “Aquí me pongo a cantar”; o bien cuando, en lugar de decir “una pena extraordinaria”, la oraliza de modo que puede leerse “una pena estrordinaria”. Cuando Fierro canta “ yo no soy cantor letrao”, lo más importante no es el contraste del personaje con el poeta letrado Hernández, sino la transformación de la escritura poética para remedar la oralidad del gaucho: de letrado pasa a letrao. Lo decisivo, entonces, no residiría en que un gaucho hablara como un arquetipo o una idea, sino que en el texto apareciese la oralidad del gaucho como aquel ritmo que irrumpe, desbarata y enriquece para siempre la lengua poética culta. El ritmo oral impone su forma en la escritura y en su vacilación se halla siempre el rasgo más propio del poema, el sitio donde Hernández deja la marca de su busca en el marco más amplio del género gauchesco. Fue tan extraordinario ese acto inicial que en esta antología pueden leerse, como lejanos comentarios, varios poemas notables sobre Harnández y el Martín Fierro: el de Murena “Retrato del poeta”; el de Rodolfo Alonso, “Lectores de Hernández”; el de Saer, “Diálogo bajo un carro”. Así se funda nuestra lengua poética, un fenómeno rítmico en un espacio vacío: una voz para el desierto argentino, transfigurada en signo que circula en la página.
Martín Fierro (Fragmento)
M. Fierro:
Aquí me pongo a cantar
al compás de la vigüela,
que el hombre que lo desvela
una pena estrordinaria,
como la ave solitaria,
con el cantar se consuela.
Pido a los santos del cielo
que ayuden mi pensamiento;
les pido en este momento
que voy a cantar mi historia
me refresquen la memoria
y aclaren mi entendimiento.
Vengan santos milagrosos,
vengan todos en mi ayuda,
que la lengua se me añuda
y se me turba la vista;
pido a mi Dios que me asista
en una ocasión tan ruda.
Yo he visto muchos cantores,
con famas bien otenidas,
y que después de alquiridas
no las quieren sustentar:
parece que sin largar
se cansaron en partidas.
Mas ande otro criollo pasa
Martín Fierro ha de pasar;
nada lo hace recular
ni las fantasmas lo espantan;
y dende que todos cantan
yo también quiero cantar.
Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar,
y cantando he de llegar
al pie del Eterno Padre:
dende el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar.
M. Fierro:
Aquí me pongo a cantar
al compás de la vigüela,
que el hombre que lo desvela
una pena estrordinaria,
como la ave solitaria,
con el cantar se consuela.
Pido a los santos del cielo
que ayuden mi pensamiento;
les pido en este momento
que voy a cantar mi historia
me refresquen la memoria
y aclaren mi entendimiento.
Vengan santos milagrosos,
vengan todos en mi ayuda,
que la lengua se me añuda
y se me turba la vista;
pido a mi Dios que me asista
en una ocasión tan ruda.
Yo he visto muchos cantores,
con famas bien otenidas,
y que después de alquiridas
no las quieren sustentar:
parece que sin largar
se cansaron en partidas.
Mas ande otro criollo pasa
Martín Fierro ha de pasar;
nada lo hace recular
ni las fantasmas lo espantan;
y dende que todos cantan
yo también quiero cantar.
Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar,
y cantando he de llegar
al pie del Eterno Padre:
dende el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar.
Que no se trabe mi lengua
ni me falte la palabra.
El cantar mi gloria labra,
y poniéndome a cantar,
cantando me han de encontrar
aunque la tierra se abra.
Me siento en el plan de un bajo
a cantar un argumento.
Como si soplara el viento
hago tiritar los pastos.
Con oros, copas y bastos
juega allí mi pensamiento.
Yo no soy cantor letrao,
mas si me pongo a cantar
no tengo cuándo acabar
y me envejezco cantando;
las coplas me van brotando
como agua de manantial.
Con la guitarra en la mano
ni las moscas se me arriman;
naides me pone el pie encima,
y cuando el pecho se entona,
hago gemir a la prima
y llorar a la bordona.
Yo soy toro en mi rodeo
y toraso en rodeo ajeno;
siempre me tuve por güeno,
y si me quieren probar,
salgan otros a cantar
y veremos quién menos.
ni me falte la palabra.
El cantar mi gloria labra,
y poniéndome a cantar,
cantando me han de encontrar
aunque la tierra se abra.
Me siento en el plan de un bajo
a cantar un argumento.
Como si soplara el viento
hago tiritar los pastos.
Con oros, copas y bastos
juega allí mi pensamiento.
Yo no soy cantor letrao,
mas si me pongo a cantar
no tengo cuándo acabar
y me envejezco cantando;
las coplas me van brotando
como agua de manantial.
Con la guitarra en la mano
ni las moscas se me arriman;
naides me pone el pie encima,
y cuando el pecho se entona,
hago gemir a la prima
y llorar a la bordona.
Yo soy toro en mi rodeo
y toraso en rodeo ajeno;
siempre me tuve por güeno,
y si me quieren probar,
salgan otros a cantar
y veremos quién menos.
Actividades:
- Comentar el texto.
- Definir el sujeto que expresa Martín Fierro.
- Crear una nueva estrofa a modo de ejercicio.
Tareas
- Identificar un sujeto de similares condiciones en versión chilena.
- Crear un texto poético sobre dicho sujeto.
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